
En algún sitio debería haber un libro con temas de conversación en los ascensores, aunque sólo fuese para pasar los pocos segundos que en ocasiones compartimos con la gente… y que se nos pueden hacer eternos.
Siempre tenemos esa obsesión con el tiempo: cuando algo va mal queremos que pase rápido, pero si estamos disfrutando deseamos que se haga eterno. Inventamos maquinarias para medir el tiempo y nos hacemos esclavos de ellas. Ponemos nombres a su transcurso: segundos, minutos, horas, días, semanas, meses… para, al final, darnos cuenta de que jamás podremos controlarlo.
Porque, cuando el Sol se oculta… siempre viene la noche. Y hay gente que todavía teme que al día siguiente el Sol no aparezca de nuevo.